viernes, 26 de febrero de 2010

Camaná, una playa del sur de Perú

El viaje a Camaná fue grato. El asiento que me tocó tenía suficiente lugar como para viajar cómodamente con las piernas estiradas. Atravesamos la cordillera y luego de un interminable desierto descendimos un gran médano y ya nos encontrábamos en el Pacífico. Impresionante. El pasajero que viajaba a mi lado vió mi expresión de asombro en mi cara, y como se dió cuenta que no conocía la zona me dió algunas indicaciones sobre dónde conseguir alojamiento y demás. Cuando bajé del micro no podía creer que fuera de tarde y no tuviera frío... y que tampoco estuviera lloviendo. Después del clima de las últimas semanas había olvidado que los primeros meses del año eran calurosos en otras zonas del hemisferio sur... como en Camaná por ejemplo. En esa ciudad, el pueblo está a un par de kilómetros de la playa. Si bien hay alojamiento a pocas cuadras de la playa, y hasta se puede acampar en la playa, decidí alojarme cerca del centro de aquella ciudad. Una construcción terminada recientemente con el nombre de "Casa Blanca" decidí que fuera mi residencia por aquellos días luego de quedar sorprendido con el conveniente precio de las habitaciones individuales.

Paseando por el centro descubrí que había medialunas, y junto con un yogurt fueron una merienda espectacular. No sabía bien cuán lejos quedaba la playa, así que como tenía tiempo, decidí hacer playa recién al día siguiente por la mañana. Quedé nuevamente soprendido al ver que era de noche y estaba muy cómodo paseando en bermudas y remera de mangas cortas. La ducha era fría en todos los alojamientos en donde consulté, incluido en aquél por el que me había decidido.

Que la "resolana" quema lo mismo ya lo sabía, pero como me sucedió varias veces en el viaje, quise desafiar al sentido común una vez más y no le di importancia a aquél pensamiento. Las quemaduras me estuvieron molestando incesantemente las siguientes semanas. Cuando llegué a la playa, me dirigí primero a una parte donde no había gente casi. Sólo algunos pescadores pasaban con sus tramayos... utilizaban una técnica y unos modelos de tramayo que no había visto antes, pero claramente daban buenos resultados.

Me decidí y finalmente, luego de adquirir unas quemaduras de 2do grado, me dirigí hacia donde estaba todo el tumulto de gente para ver cómo era la movida en las playas peruanas del sur. La gente, como en las playas de argentina, parece tener cierta inclinación a agruparse en reducidos lugares por los cuales queda poco lugar para caminar. No se alquilan carpas, pero el alquiler de sobrillas, reposeras, piletitas de plástico y pequeñas carpitas está a la orden del día. En la playa se ofrecen, entre otras cosas, choclos, papas rellenas, churros, tutucas, ceviche, cerveza. Se pueden observar algunos techos hechos con madera y cañas, que fueron hechos por las personas del lugar para repararse del sol. Llegada la tarde, y con ella la hora del mate, me dispuse a disfrutar de esta bebida debajo de uno de estos techitos que encontré desocupado. Al poco tiempo una mujer con su hija y sus nietos se acercaron de a poco hacia donde estaba yo. Si bien la playa en ese lugar era bastante grande y había otros techitos desocupados, la familia se instaló al lado mío luego que la mujer iniciara una conversación con un -"usted es argentino, ¿no?... por el mate...". Me estuvo contando que ella anduvo viajando por Aregentina cuando yo estaba naciendo más o menos. Me explicó la diferencia que existe entre la gente de Arequipa y el resto de Perú, y me contó algunos hechos que sucedieron en la región, como el tsunami que tuvo lugar en Camaná en el 2001. Casi cuando el sol estaba por dejarle la posta a la luna, la familia se fué y yo me quedé un rato más contemplando el atardecer para regresar comenzada la noche al alojamiento.
Como al día siguiente me levanté alrededor del mediodía, fuí a la playa recién a la tarde a tomar unos mates, claro. Los churros que vendían sobre la avenida costanera fueron un buen acompañamiento. Ese día tuve más cuidado con el sol y me resguardé un poco más. Las quemaduras, sin embargo, ya las había adquirido y molestaban bastante. Recordando la charla con la mujer del día anterior, quise probar una comida del lugar y ese día cené ceviche en un restaurant frente a la playa.
Al día siguiente partí de vuelta hacia Arequipa, ya con la decisión de empezar a viajar hacia el sur rumbo a Buenos Aires de vuelta.
En Arequipa recorrí un poco el centro histórico de la ciudad y hacia el mediodía almorcé con Iván y Nathaly en un reconocido restaurant. Probé comidas típicas de Arequipa como el rocoto relleno y el cuy, y bebidas como la chicha morada y el pisco sauer. A pesar de lo poco de la gastronomía peruana que pude conocer, quedé impresionado con las propuestas culinarias que ofrece ese país. Luego de prometer una nueva visita a ese país, intercambiarnos contactos y saludarnos afectuosamente, me despedí de aquellas maravillosas personas.
Mi siguiente destino era la ciudad de La Paz. Tomé un bus hasta la frontera con Bolivia y de ahí otro hasta La Paz. Cuando me bajé del bus en la frontera se acercaron muchos bicitaxis a ofrecer sus servicios de un país al otro. Les expliqué que tenía mi propia movilidad y algunos de los muchachos se acordaron del partido de fútbol que habíamos jugado cuando había pasado por ahí la vez anterior. Como me dijeron que ya estaban jugando en ese momento no me pude sumar a ningún equipo y seguí viaje hacia Bolivia.

Últimos días sobre la bici en Perú

A la mañana, mientras desayunaba y juntaba las cosas para seguir viaje, la carpa se rodeó de gente curiosa, que como tenía que hacer tiempo para empezar a trabajar, se acercaron a charlar un rato. Se trataba de unos obreros que estaban esperando a su patron y a los materiales para comenzar a trabajar. Mientras estábamos hablando, como estaba al lado de la ruta, a la altura de un lomo de burro, todos los vehículos se detenían para pasar suavemente el obstáculo. Uno de los camiones que pasó mientras estábamos charlando, tuvo la desgracia que se le salió una de las ruedas del semiacoplado. Se escuchó un ruido fuerte, como si la rueda explotara. La cubierta salió disparada hacia la pared de la escuela técnica y cayó a unos 3 metros de la carpa. El aro de metal que mantenía a la rueda sujeta en su lugar fué lanzado cual misil y descansó en el piso luego de haber atravesado la ventana del primer piso de la escuela. Por suerte nadie salió herido, sólo fué un susto. Como era temprano, no había nadie cursando en la escuela tampoco.

Ese día anduve todo el día al lado del Lago Titicaca. Había unos paisajes maravillosos formados por las montañas, el cielo y el majestuoso lago. Luego de trepar algunos cerros, llegué a una zona de sembradíos en los cuales se estaba cosechando papa. Uno de los campesinos me detuvo al grito de "gringo", como fue costumbre durante todo el Perú y me regaló un par de papas. Agradecido seguí viaje y me detuve a la tarde, al lado de una casa abandonada.

Mientras estaba terminando de armar la carpa y organizar las cosas, un grupo de niños se acercó. Me dijeron que la casa tenía dueño y que debía pedir permiso. Cuando les dije que no tenía problema en hablar con el dueño, me respondieron que en realidad no hacía falta que fuera a pedir permiso y que ellos lo iban a hacer por mí al día siguiente. Nos quedamos hablando con los chicos un buen rato, hasta que me fuí a dormir. Como en toda esa zona la gente habla aymara, me estuvieron diciendo cómo se decían determinadas expresiones en ese idioma al tiempo que yo las anotaba. Era gracioso porque cuando ya no se nos ocurrían frases, ellos me comenzaban a traducir cualquier cosa que yo dijera o haga, como "está lista la sopa", "cuchara", "olla", etc.

La sopa que hice con las papas que me había regalado el buen señor quedó espectacular. Luego de que se hubieron ido los niños, me dispuse a dormir. Aquella noche también hizo bastante frío como para no poder dormir tranquilo. A la mañana me levanté con algo de fiebre y un malestar general. Como no podía pedalear en esas condiciones, más allá de que me restaban pocos kilómetros hasta Puno, decidí tomar una movilidad hasta aquella ciudad. Preparé las cosas luego de que terminara de llover y en breve estaba dirigiéndome rumbo a Puno sentado cómodamente en una minivan.

En Puno estuve 3 días hasta que me pude recomponer por completo. En esos días aproveché para recorrer la ciudad y visitar las Islas Uros. Estas islas están hechas con una planta que crece en el lugar: totora. Tanto las islas como las casas y los barcos están hechos de este material. El guía contaba que son varias familias las que viven en una isla, y cuando hay diferencias entre las personas que viven en una misma isla, sólo deben partir la isla al medio para tomar (literalmente) distancia en entre las partes en conflicto. Venden artesanías hechas también en totora, y unos telares en los que muestran cómo es la vida en las islas Uros. Hablan aymara y quechua, y tanto la escuela como el hospital también son flotantes. La cría de truchas y pejerreyes son uno de los cultivos típicos de la zona.

Me fuí de Puno justo un día antes de que comiencen las festividades por la Virgen de la Candelaria. Como a esa altura del viaje ya había confirmado que la zona de Cusco estaba hecha un desastre, mi rumbo tuvo un giro hacia el este, hacia Putina, donde me habían prometido que habían unas termas reconfortantes luego de tanto pedaleo. Ese mismo día no llegué a Putina, pero paré cerca, esta vez en un alojamiento para no pasar frío. En el trayecto pasé por zonas inundadas, producto de "El Niño", que estaba azotando a todo el Perú (incluido Cusco). Tiendas de campaña al costado de la ruta con casas inundadas al fondo era un paisaje que me tuvo sorprendido varios kilómetros. No me detuve frente a las advertencias de algunas personas sobre la posibilidad de ser asaltado por las personas evacuadas, pero un gran bullicio me sorprendió cuando atravesé la zona en la que estaban, provisoriamente, viviendo los evacuados. A esa altura del viaje ya estaba resignado en hacerle entender a las personas que yo no era un gringo... menos en esas circunstancias.

Al día siguiente, luego de recorrer un camino en parte asfaltado y en parte de ripio, llegué a la localidad esperada. Ese mismo día por la tarde me dirigí hacia las termas. No eran como me esperaba. Había una gran pileta, semiolímpica creo, alrededor de la cual había piletitas en las cuales uno podía estar media hora disfrutando solitariamente del efecto de las aguas termales. Pensaba quedarme un día más en aquél pueblito, pero como al día siguiente cerraban el parque termal por limpeza, partí al día siguiente. De esa forma le daba formalmente fin al viaje en bicicleta hacia el norte.

Tomé un bus de vuelta hacia el oeste bajo la atenta mirada de todas las personas que me veían pasar, como ya me era costumbre. Decidí ir bien hacia el oeste, hasta el límite de Perú con el mar, para hacer unos días de playa. Luego de asesorarme en Arequipa, decidí ir a pasar unos días a las playas de Camaná. En Arequipa conocí a un amigo de mi madrina, que también es médico homeópata: Iván. Estuvimos charlando un buen rato sobre el mejor lugar para disfrutar del Océano Pacífico y sobre demás cuestiones en común.

Primer día de pedaleo en Perú

Me quedé un día más en La Paz, y a pesar de que al día siguiente no pude decir que no a una invitación para ir a un boliche cercano al hostel, a la mañana (o a media mañana mejor dicho) salí decidido hacia Perú, hacia Cusco en bicicleta.

Casi toda la tarde llovió. Me mojé, pero estuvo bueno. Aquél día llegué a Tiwanaku de vuelta. Una pareja de argentinos que vivía hacía tiempo allí, me dió la bienvenida al verme parar frente a un quiosko del lugar y me dieron indicaciones sobre cómo llegar a un hospedaje económico que yo había visto cuando visité aquél pueblo en ocasión del acto de Evo.

En el camino hacia el hospedaje, una camineta se detuvo y me preguntó si iba para aquél lugar. Frente a mi respuesta, una de las personas se bajó de la camioneta y me acompañó hasta el hospedaje. Se trataba de los dueños del mismo. Luego de solucionar un par de desperfectos técnicos de la instalación eléctrica de aquella construcción, me pude duchar y descansar hasta el día siguiente.

Ese día llegué a la frontera de Perú hacia la hora del almuerzo. Luego de comer, me estaba dirigiendo hacia la bicicleta para seguir viaje cuando un grupo de chicos me invitaron a jugar un partido. No pude contenerme y al poco tiempo estábamos haciendo pases en medio de la calle tratando de hacer goles en los arcos improvisados con un par de piedritas. Cada tanto debíamos parar para dejar pasar a algún vehículo. El partido era por un sol (moneda peruana). El último gol nos hizo vencedores de aquél evento deportivo, pero la opinión de uno de los contrincantes sobre que la pelota había pasado por arriba y no por el costado del palo, puso en duda nuestra victoria. Al final, con el contrincante ofendido, quedamos vencedores, pero como el premio fué lanzado por este muchacho al los pies de su interlocutor, el derrumbre del orgullo que significaba levantar el premio del piso, hizo que el trofeo en forma de un sol, quedara en el piso por un tiempo. Decidieron regalarme el sol, dado que había estado en el equipo que ganó. Se los agradecí y prometí utilizarlo para comprar un refresco luego del pedaleo.

Ese día no logré hacer más que un par de kilómetro antes de que el sol terminara de caer. Pedí permiso para armar la carpa a una chola que me crucé en el camino, y acampé frente a una escuela técnica. Esa noche pasé un poco de frío, más allá de que me abrigué bien para dormir.

jueves, 25 de febrero de 2010

El acto de asunción de Evo Morales

De La Paz pensaba irme directo a Tiwanaku y de ahí seguir viaje para el norte, para Perú. Hablando con el brasilero que trabaja en El Carretero, me contó que él estaba organizando un viaje en bus, que iba y volvía en el día a Tiwanaku con el objetivo de presenciar el acto de asunción. Pensándolo un poco me atrajo la idea, ya que de esa forma iba a poder estar al día siguiente para presenciar el otro acto que iba a tener lugar en la ciudad de La Paz.

El bus se parecía más a un "gringo tour" que a un micro de personas políticamente comprometidas con el acto que iba a tener lugar ese día.

El día pintaba soleado. En el lugar del acto no había sombra alguna debajo de la cual refugiarse. Había muchas organizaciones de Argentina presentes en aquél pueblo. Los sindicatos y las distintas comunidades aborígenes de Bolivia se hacían notar también entre la multitud.

Cuando el mediodía se acercaba y campo de unas 3 cuadras de fondo por otras 3 cuadas de largo estuvo completo, se lo pudo ver a Evo llegar en un helicóptero. Se dirigió a la pirámide de Kalasasaya para realizar la ceremonia, y cuando finalmente se lo pudo ver mientras realizaba las reverencias hacia el oeste, la multitud estalló en un grito fervoroso. Bombos, redoblantes, zampoñas y demás instrumentos poco se dejaban oir en el estridente grito de los concurrentes.

En La Puerta del Sol se realizó el resto de la ceremonia. Evo estaba al lado de una anciana de más de 100 años representante indígena, mientras recibía los regalos que le enviaban desde las distintas partes del mundo. El idioma castellano tuvo lugar en tercera instancia en el discurso que pronunció, ya que el aymara y el quechua lo precedieron, en ese orden. Algunas personas escuchaban el discurso por radio mientras los locutores hacían comentarios. Otras personas traducían lo que Evo decía para las demás personas que no dominaban el idioma en el que hablaba. Por lo que pude escuchar, no sólo se trató de tres idiomas distintos, sino también de tres discursos distintos. Evo enfatizó en el cuidado de la tierra y en los valores humanos propios de los pueblos indígenas bolivianos. La Pacha Mama estaba presente en casi todas las palabras que pronunciaba, directa o indirectamente.

Luego del acto en las ruinas, se llevó a cabo un acto en la plaza de Tiwanaku. Allí desfilaron grupos de toda Bolivia al tiempo que exponían alguna danza autóctona al público. Casi antes de que concluyera este segundo acto, me tuve que retirar al micro, ya que habíamos quedado en un horario de regreso... y ese horario ya había pasado. Esquivando a algunos argentinos que me pedían mate, y dándoles rápidamente yerba mate a otros que me pedían en el camino, llegué justo a tiempo al micro. Cuando me subí, partió a los 2 minutos. El palo en el que habían flameado las banderas del "MAS", la boliviana y la whipala subió sin dudas al micro de vuelta, preparándose para mantener en alto a las mismas banderas en el acto del día siguiente en La Paz.

El acto del día siguiente comenzó en la plaza Murillo, frente a la cual está la casa de gobierno. En una pantalla gigante se mostraba a Evo mientras dirigía su discurso a la población. En él destacó los logros de su gestión anterior al tiempo que los comparaba con los resultados de la gestión del anterior presidente. Los resultados eran cuantitativamente impresionantes, por lo cual el discurso mereció la descripción de "matemático" de acuerdo con el presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

Luego del acto en la plaza, el festejo continuaba en el estadio de la ciudad de La Paz. Frente al mismo hay una reconstrucción de las ruinas de Tiwanaku que descubrí recién a la salida del estadio, cuando concluyeron los festejos de aquél día. El estadio se comenzó a llenar de a poco. Las presentaciones de artistas habían comenzado incluso mientras el presidente terminaba de dar su discurso, por lo cual algunos artistas se quejaban de ser utilizados como "relleno" en los distintos eventos. Hacia la noche el estadio estaba casi lleno. La entrada era libre y gratuita. Con la llegada de Evo y los representantes de Venezuela, Ecuador y Cuba, se dió lugar a la parte más interesante del acto. Luego de los correspondientes discursos llegaron los mejores grupos musicales y las personas bailaban y cantaban con gran entusiasmo cada canción. La energía que había en ese lugar era notable.

A la salida del acto no me pude resistir a las famosas hamburguesas que venden en cada ciudad de Bolivia (las mejores son las de Potosí), y me comí 2 hamburguesas. Muy ricas.

domingo, 10 de enero de 2010

Ida y vuelta a La Paz

Luego de haber estado un buen tiempo en La Paz, salí decidido hacia Coroico a pasar año nuevo. Muchos de los chicos del hostel, con los que pasé Navidad iban también a Coroico dado que allí había varias fiestas que parecían estar buenas.


Salí bastante temprano aquél día. Sabía que los primeros kilómetros eran en subida, así que con paciencia, empecé a subir cada vez más. La ciudad de La Paz, la verdad que es enorme. Casi hacia el mediodía llegué al punto más alto a partir del cual comenzaba a bajar. Se llamaba "La Cumbre". Observando un poco el lugar, ví que muchos camioneros, en ese mismo lugar, realizaban una suerte de ofrenda o algo así a medida que transitaban por aquél tramo: tiraban un poco de líquido que traían en una botella y tomaban un poco también.


Seguí observando y ví que por la zona había muchas marcas de bicicleta en las banquinas y en los caminos que había por el lugar. Me pareció que esa era la zona en la que comenzaba el camino viejo, de ripio hacia Coroico, así que lo tomé. Estaba bastante divertido, ya que era en bajada y cada tanto tenía que cruzar algunos pequeños cursos de agua. En un momento advertí que el camino se había convertido en un estrecho sendero debido a un derumbre que parecía haber sucedido hacía un largo tiempo. Evidentemente esa no era la ruta antigua por la que quería transitar, pero como ese camino iba al lado de la ruta, y como había muy bonitos paisajes, continué por el mismo. Estaba bajando por un valle con la ruta a la izquierda y montañas muy altas a mi derecha con cascadas cada 200 mts. Hacía bastante frío, y como no pedaleaba porque era bajada, me tuve que abrigar bien. Cada tanto cruzaba pequeñas casas con paredes de rocas y techos de paja, las cuales tenían su correspondiente granjita, claro. Luego de descender un rato con suma precaución, paré a comer unas empanadas que había conseguido antes de salir (acá les llaman salteñas o tucumanas... y ni se parecen a las de Salta o Tucumán...) mientras admiraba algunas de las cascadas que se dejaban apreciar.


Continué por aquel camino y cada vez dudaba más de estar en la ruta adecuada. El camino se dividió en un momento, y como el de la izquierda parecía conducir a la entrada de una casa, agarré para la derecha. A los pocos metros era muy claro que esa calle no era transitada en absoluto, pero la tomé igual, ya que había un pequeño sendero que me daba la esperanza de llegar a algún lugar. Estaba bastante complicado, ya que en vez de transitar por ripio, lo debía hacer sobre rocas... y como era en bajada, eso valía. Luego de andar un poco, me topé con el arroyo al lado del cual venía pedaleando, ya que el camino proponía cuzarlo, y en ese mismo momento me dí cuenta porqué no estaba transitado: el puente que debía facilitarme el cruce, se había caido hacía un buen tiempo. Era una situación complicada, ya que desandar lo pedaleado implicaba un gran esfuerzo y un gran tiempo teniendo en cuenta que todavía me quedaban varios kilómetros. El arroyo no estaba muy crecido, pero no era muy sencillo cruzarlo, así que anduve por la orilla viendo alguna alternativa, hasta que descubrí un pequeño puente peatonal, que fue la salvación. Llegar al puente con la bici no fue fácil, ya que tenía que subir y bajar rocas muy grandes y pasar entre arbustos algo molestos. Con eso perdí bastante tiempo. Le pedí indicaciones a un hombre que me crucé y continué por el camino. En un momento, debía subir al asfalto para, más adelante, volver al ripio. Me pareció pasar por el camino que iba hacia el asfalto, pero como era en subida, seguí bajando pensando que más adelante podía haber otra propuesta menos cansadora. A los pocos kilómetros paré a preguntar, y evidentemente había tomado una mala decisión. El camino que subía al asfalto ya lo había pasado y debía subir...


Cuando finalmente llegué al asfalto, estaba ya un poco cansado y llovía y hacía frío y había perdido aún más tiempo. El paisaje era realmente bonito.


En un momento, cuando venía descendiendo, ví que había un túnel más adelante. Las ansias por cruzarlo se me fueron a los pocos metros de entrar en el mismo cuando no había luz en el interior, un vehículo venía atrás mío, el piso estaba mojado, y el túnel era más largo de lo que parecía. Un gran alivio me llegó cuando llegué al otro lado.


Algunas subidas más, un poco más de lluvia, algo de niebla y por fin llegué a la ruta vieja que conduce a Coroico, que también es conocida por "El Camino de la Muerte", ya que mucha gente murió en la misma, debido a lo peligroso que es transitarla en vehículo. De hecho, esa ruta puede ser tomada en dirección a Coroico, sólo hasta las 16 hs, ya que después hay preferencia para los vehículos que suben hacia La Paz. Yo, dado el horario, me encontraba a todos los que subían.


Estaba interesante el camino, ya que cuando lo tomé llovía, la niebla no me dejaba ver más allá de unos 4 metros, el ripio estaba algo complicado, y tenía que ir todo el tiempo apretando los frenos porque la pendiente era interesantemente pronunciada en muchos lugares.

El camino era lo suficientemente angosto como para que en la mayoría del recorrido hubiera lugar para un sólo vehículo, y era una vía de doble mano. Un par de veces me tuve que detener a un costado para dejar pasar a los vehículos que venían subiendo. Estaba divertida la bajada, pero era la verdad bastante cansadora, ya que la tensión de ir apretando los frenos, el continuo rebote del ripio y la lluvia me iban desgastando de a poco. Cada tanto la neblina desaparecía y me dejaba apreciar un poco el paisaje. Estaba entre montañas cubiertas de vegetación subtropical cuyas cimas no lograba ver. A la mitad del descenso, comencé a atravesar algunos arroyos que se me cruzaban en el camino. Como iba pegado a la montaña, había cascadas que debía cruzar por debajo, por el costado y por el medio. La verdad que me sentía en un parque acuático más que en un camino de ripio. Había agua por todos lados... me había olvidado el patito de hule.


En un momento, cuando la lluvia era casi garúa y ya no había neblina, me crucé con un grupo de personas que estaban detenidas en el medio del paso. Parecía como si estuvieran festejando algo, pero no me daba cuenta qué. Había personas de todas la edades, y la mayoría estaba bajo los efectos del alcohol. No dudaron en detenerme y hacerme un par de preguntas mientras me invitaban un vaso de cerveza. A esa altura del viaje un vaso de cerveza hubiera estado bien, como para refrescarse un poco... lo malo fue que todas mis ilusiones se desvanecieron cuando tomé el vaso de plástico y noté la temperatura a la que estaba el líquido. "A tiempo" le llaman aquí... por un momento me había olvidado que estaba en Bolivia. Tomé un trago y el buen hombre que me había invitado me indica que me lo debía tomar todo. Al fin y al cabo no fue tan malo. Uno de los hombres que estaban ahí, luego de un tiempo, les indicó a los demás que me dejaran seguir viaje. No sé bien si lo hizo porque notó que los muchachos estaban medio pesados o porque yo estaba interrumpiendo el festejo. Algo interesante de esa experiencia, fue ver a algunos de los miembros de las comunidades afrobolivianas que hay en la zona. Ver a una cholita negra hablando como boliviana es algo que impacta después de haber andado por otras zonas de Bolivia.


Hacia las 7 de la tarde (o de la noche, como dicen aquí) llegué al final del descenso. Me restaban sólo 7 km. hasta Coroico, pero eran en subida. Al preguntarle a una mujer del lugar sobre cuánto me restaba hasta el destino final de ese día, me indicó dónde podía tomar una mobilidad hasta el pueblo. Le respondí que mi intención era llegar en bicicleta, y ella añadió que de noche no iba a poder llegar y que además corría el riesgo de que me robaran en el camino. Me fue medio difícil creer a esta segunda observación, pero el cansancio y el hecho de saber que tenía que pedalear en subida me ganaron, y fuí derecho a esperar el minibus que me llevaría hasta Coroico. Un utilitario pequeño paró, y reclinando un par de asientos entró la bici lo más bien.


En Coroico recorrí todos los alojamientos sin tener suerte. Eran las 11 de la noche casi y estaba rodando con la bici subiendo y bajando calles cansadoras. Al final conseguí uno que estaba medio caro, pero tenía ducha, y eso lo justificaba. Dormí perfectamente esa noche. A la mañana fuí a tomar el desayuno y cuando llegué al comedor, descubrí porqué el Hotel se llama "Buena Vista". Se podían ver las montañas cubiertas de vegetación, con algunas nubes a media altura de las montañas, con las aves volando buscando las ráfagas de aire caliente, el río abajo, algunas casitas y plantaciones... una maravilla.


Ese día encontré a una de las chicas de hostel de La Paz. Al día siguiente llegaba el grupo que había salido caminando hacía 2 días. De a poco nos íbamos reagrupando.


El 31 nos fuimos a visitar una de las cascadas que quedaban ahí cerca del pueblo. Fue un viaje. La cascada estaba muy buena. Cuando llegamos comenzó a llover y paró al rato. Eso le dió un tinte interesante a esa experiencia.


Esa noche nos reunimos en un bar, luego fuimos a otro bar a comer algo y hacia las 12 nos perdimos todos. La razón de ello era que había varias fiestas que prometían y no todos estábamos de acuerdo en ir a la misma. Al final, junto con un grupo fuimos a una, como no estaba buena, volvimos a la plaza, donde estaba todo el pueblo, y después fuimos a otra fiesta. Con el taxista que nos llevó a los 7 a pasear por todo Coroico, nos hicimos amigos mas o menos. Al final terminamos en una fiesta techno que había en una casa-quinta que había sido alquilada para esa ocasión. Recién en la tarde del 1ro nos reencontramos todos en esa casa-quinta. Allí estuvimos acampando con un grupo un par de días hasta que se cortó el agua y la luz. Durante esos días fuimos de vuelta a visitar las cascadas que estaba ahí cerca.


Con algunos de los chicos nos quedamos un par de días más en Coroico en un alojamiento que conseguimos en el pueblo. Allí estuvimos hasta que la dueña del alojamiento no le gustó más que estemos. El cuarto estaba un poco desordenado, pero nos había dado un par de sacos de paja para dormir y la habitación creo que era la peor que tenía.


De vuelta en La Paz, fuimos a para otra vez a El Carretero. Cuando llegamos nos dijeron que no había lugar, pero como siempre, nos acomodamos como para entrar y al final no hubo problema. Un brasilero copado que trabaja en el hostel se ocupó de encontrarnos un rinconcito. En el hostel nos reencontramos con muchos de los chicos. Al final, como es costumbre, siempre nos quedábamos a la noche jugando y charlando, y como no me despertaba temprano al día siguiente, me quedaba un día más. El tema es que si no empiezo el día de pedaleo temprano, no tiene sentido salir a la tarde, entre otras cosas, porque a la tarde hay más chances de que llueva que a la mañana. Esa vez me quedé como 5 días antes de salir para Copacabana. Si me ponía las pilas podía llegar en un día a Copacabana, pero al final tardé como 3. El motivo de ello fué que quería pasar por Tiwanaku, un pueblo ancestral, donde hay unas ruinas de gran importancia. En las ruinas hay una energía muy interesante, y el lugar es muy bonito también. Allí fue donde de hecho se llevó a cabo el acto de toma de mando de Evo Morales.


Copacabana es muy bonito. Cuando llegué, almorcé con una Inka Kola. Compré algo de comida para llevar a la isla y al día siguiente crucé en barco. El tema es que me había dicho que en la isla estaba todo más caro, y por eso muchos llevan comida desde Copacabana. Para esos días, como ya era enero, adonde quiera que fuera, encontraba argentinos, muchos más de los que encontraba antes. En el pueblo, de cada 10 personas que me cruzaba, 7 eran argentinos, zarpado.


Apenas me bajé de la lancha, un viejito se me acerca y no me deja pasar hasta que no le pague un arancel en concepto de "derecho de pisar la isla" o algo asi. Como eran 5 bolivianos, se lo pagué, pero no me habían dicho nada al respecto, menos que para cruzar la isla debía pagar otros 3 aranceles más, mas o menos.


Todo el viaje en bote y la llegada a la isla estuvo bendecida por la lluvia. Cuando paró, fui a recorrer un poco el lugar. Estaba tratando de ver si había alguna alternativa a la interminable escalera que aparentemente iba a tener que subir con la bici. Me acerqué a unas carpas que había por ahí y me encontré a un par de chicos de El Carretero. Ellos estaban acapando, y me contaban que todos los días los venía a correr un señor de la isla porque decía que quedaba mal que los europeos llegaran y los vieran a ellos acampando en las terrazas que habían construido los incas. Lo malo es que el señor no pensaba lo mismo cuando eran los mismos europeos quienes acampaban en las mismas terrazas, pero bueh.


Me quedé con ellos hasta que se fueron. Para no ser molestados, nos fuimos hacia otro costado de la parte sur de la isla, donde acampamos sin problemas. Cuando se terminaron de ir los últimos, partí hacia la parte norte de la isla en bici. No me dí cuenta y se me hizo tarde, pero salí igual hacia el norte. En el camino sabía que me iba a topar con esas boleterías, pero como no tenía plata, no iba a poder pagarles nada, asi que salí tranquilo. En la primer boletería, como la chola se estaba peleando con un grupo de argentos, yo, mediante un "permiso...." pasé lo mas bien andando en bici. Cuando me topé con las primeras gradas (escaleras) me acordé de todas las cholas que me habían prometido que el camino era "plano". Me había olvidado que se trataba de indicaciones bolivianas... pocas veces me topé con una persona que me pudiera dar descripciones certeras sobre el camino no recorrido. En la 2da, 3ra y 4ta grada me acordé también de aquellas mamitas. Por suerte había bajadas también, pero a pesar de ello, la noche me alcanzó antes de que pudiera llegar al destino. Lo bueno de ello, fue que como era tarde, no me topé con ninguna boletería abierta, y me ahorré algunas explicaciones.


Acampé en la playa como hacen todos casi, calenté algo de comida que tenía y me metí a la carpa. Levantarse, abrir la carpa y ver el lago con las montañas de fondo es lo mas. Paseando por el pueblo me crucé con una italiana y una colombiana que conocía de El Carretero y quedamos en hacer alguna cena esa noche. Ese día me había caído mal el desayuno asi que estuve todo el día tirado bajo un toldo improvisado, al lado de la carpa, en la playa. La verdad que si bien estaba mal, dormir en la playa esta bueno, y dentro de todo la pase bien.


Hacia la noche me sentí mejor de a poco y fui hacia el hostel donde estaban las chicas para preparar la cena. Quedé sorprendido al ver que la cocina era una suerte de horno de barro dentro del cual se metía la leña, y las ollas iban sobre unos huecos que tenía el horno en la parte superior. Eso le daba mucha mística a la cocina. Hicimos una sopa que la verdad estaba muy buena. Cocinó la colombiana, Anita, y le puso una sopa colombiana que tenía. La mezcla quedó espectacular. Mientras cocinábamos escuchábamos al dueño del hostel, que junto con otras personas de la isla, estaban haciendo algo de música con unas sampoñas y un bombo alrededor de un fuego, a modo de agasajo para la gente que había llegado ese día. Sonaba bastante bonito, así que nos acercamos un rato a verlos.


Cuando se fueron las chicas, me quedé en la isla un día más y fuí a visitar las ruinas. Estas quedan en la cima de la isla, desde donde se aprecia un paisaje imponente, con una playa abajo, montañas alrededor, y el lago que completa el paisaje. Desde ya que la tenían muy clara los incas...


Cuando volví a Copacabana, tomé un bus a La Paz para ir a sacar plata y ver el acto de asunción de Evo Morales al canto de "Boronbonbon, boronbonbon, apoyo al Evo, en la asunción".





Breve diccionario para comprender al pueblo boliviano:


>hijo/a pequeña: wawa

>sí: ya

>bueno: ya

>de nada: ya

>chau: ya

>micro: flota

>señor comerciante: casera/o

>cuanto vale?: a cómo es?

sábado, 26 de diciembre de 2009

Luego de juntar un poco de ganas para escribir, les cuento que hoy día estoy en La Paz, Bolivia.



Al final luego de estar algunos días en Potosí, partí hacia Sucre en bicicleta. No sabía si iba a llegar ese mismo día al destino, pero no me preocupé mucho por eso.

La jornada de pedaleo comenzó tranquila. Por momentos había sol y por momentos estaba algo nublado. Los paisajes que se iban sucediendo eran muy bonitos. El camino en gral era en bajada, ya que potosí queda como a unos 4100 msnm y Sucre a unos 2700 si no mal recuerdo. La ruta era asfaltada, lo cual simplificaba las cosas.

En el recorrido iba bastante atento a las nubes que se iban acercando. Cuando me estaba acercando a una nube, parecía como si la ruta propusiera esquivarla y una curva aparecía más adelante. Eso estaba bueno, ya que se trataba sin dudas de nubes de tormenta.

El gambeteo de nubes duró hasta poco más del mediodía. La cercanía de un frente de tormenta me hizo dudar sobre si parar en el lugar que había almorzado, por lo menos hasta el día siguiente. Al final me decidí por continuar viaje luego de una breve siestita como ya me es costumbre.

En un momento de la tarde, logré llegar a la cima de un cerro, luego del cual me esperaba una bajada estrepitosa, que disfruté a pleno. Como siempre, luego de una bajada hay una subida. En el momento en el que me estaba disponiendo a afrontar la subida, y en una de las pocas partes no asfaltadas de la ruta, se largó a llover. Me preparé para la lluvia, y los truenos se empezaron a escuchar al poco tiempo. Por suerte parecía como si los rayos cayeran al otro lado de los cerros por los cuales estaba subiendo, así que me quedé tranquilo.

La tarde iba cayendo y, si bien quedaban pocos kilómetros para llegar al destino, no estaba seguro sobre si iba a poder llegar ese día.

En un momento, la ruta parecía como cortada, ya que había unos tachos en el medio de la calzada y, a la derecha, un camino de tierra proponía continuar el viaje. Esquivé los toneles y una señora me gritó para que volviera y tomara el camino no asfaltado. Eso mismo hice. Se trataba de un pequeño caserío. No bien entré en el ripio, observé que una soga atravesaba de lado a lado el camino. Cuando estuve más cerca, me dí cuenta que se trataba de un peaje. Desde ya que no me cobraron. Aproveché la situación, sin embargo, para pedir información sobre el trayecto que me restaba cubrir hasta Sucre. El buen hombre que cobraba el peaje (se trataba de policías) me indicó que había 4 subidas más hasta llegar a Sucre.

Cuando creí haber hecho 2 de las 4 subidas, la noche iba llegando y claramente no iba a llegar ese día. La única opción que tenía era armar la carpa al lado de alguna casa que me cruzara. En la primer casa que me crucé no tuve suerte. La señora de la casa, que estaba con 2 niños se vé que no me tuvo mucha confianza... aunque creo que no sabía lo que era una carpa, lo cual tambíen influyó en la suerte que tuve. En la segunda casa, el señor no tenía problema, pero tampoco había ningún lugar a nivel como para armar la carpa, por lo cual me derivó hacia la casa del frente. Me dijo que ahí vivía su hermano y que él sí tenía un lugar a nivel. Efectivamente así fué y sin mucha duda, el señor me dejó armar ahí la carpa frente a la mirada inquieta de la familia.

Cuando terminé de armar la carpa no me quedaban fuerzas mas que para tirarme a dormir. Dormí como un bebé. A la mañana siguiente, mientras calentaba algo de agua y desarmaba la carpa, el señor de la casa se me acercó para charlar. A pesar de que había visto que yo estaba calentando agua, al rato se me acercó y me convidó con un té y un pancito. El té, no sé bien de qué era, pero estaba muy rico; el pan, hizo lo suyo para hacer de ese desayuno una buena experiencia.

Mientras estaba hablando con el señor, se acercó la abuela de la familia atraida por el ruido que hacía el calentador. La cara de sorpresa de esa mujer era poco común para mí luego de haber visto a varias señoras del lugar. Le hizo un comentario al señor en quechua o aymara y el señor le explicó que funcionaba a gasolina. La sorpresa que demostraba esa mujer me hizo recordarla cocinando a leña la noche anterior y esa mañana...

Muy agradecido emprendí el viaje esa mañana nuevamente, luego de las indicaciones que me dió el señor sobre el camino.

Ese día llegué a Sucre luego de cubrir los 40 km que me faltaban. Como había tiempo decidí recorrer un poco la ciudad. Esa decisión implicó subir calles más empinadas que las que había tenido que enfrentar horas atrás. Ello valió la pena sin embargo, ya que cuando me dí cuenta, me encontraba en un mirador con una vista espectacular. Allí me reencontré con los artesanos chilenos que me había cruzado en otros lados. Luego de charlar un rato decidí preparar el mate para hacer de esa tarde un aún más grato pasar. Cuando estaba cebando el primer mate, un grupo de adolescentes se acercaron al mirador con la clara intención de desatar un duelo futbolístico. A pesar del esfuerzo que había realizado para llegar a aquella ciudad, al parecer me quedaban todavía fuerzas para proponerme como jugador. Así fué que no llegué a cebar más que 2 mates y ya me encontraba mandando algún pase a alguno de esos chicos de mi equipo que no tardaron en llamarme "cebollita", unos maestros.

Ganamos el partido, pero como nos robaron varios goles, incluyendo el último, tuvimos que jugar otro partido, y ahí sí que quedé cansado.

Me alojé en el mismo alojamiento en el que estaban estos chicos. Ahí en Sucre comenzó el mal tiempo. De a ratos llovia y de a ratos salía el sol.

La ciudad es muy bonita. El centro tiene un estilo colonial con calles angostas en algunas partes, como en Potosí. Me quedé algunos días viendo la ruta a seguir y el pronóstico. La información que iba recogiendo no era realmente alentadora.

Luego de hablar con los chicos, decidí partir para Oruro pero en bus. La idea era reencontrarme con ellos allí.

El viaje a Oruro fue una gran experiencia. Primeramente me enteré de los horarios de los buses hablando con la francesa que viajaba con estos artesanos. Eran como las 19 hs cuando estábamos platicando. Ese día tenía la intención de seguir viaje con la bici, pero el clima me hizo desistir de aquella decisión esa mañana, por lo cual me tenía que quedar por lo menos un día más en la ciudad. Sin embargo, como los buses salían a las 20:30 y a las 21:30, pensé en ahorrarme esa noche de alojamiento y salir en ese mismo momento de viaje. Eso mismo hice mientras afuera no cesaba de llover. Llamé a un taxi para llevar las cosas y llegué media hora antes de que saliera el último bus. El dato que no me habían dicho los chicos sino hasta último momento era que había pocas chances de que pudiera encontrar pasajes. Así fué efectivamente. Cuando llegué a la terminal no había pasajes. Mientras andaba paseando por los pasillos de la terminal, una señora se estaba quejando en el mostrador porque no le querían cambiar el pasaje que había comprado, ya que había decidido finalmente no viajar a Oruro. Sin dudarlo mucho la señora me vendió el pasaje y me fuí a tomar el micro. El problema era que con ese pasaje supuestamente debía viajar en la parte de abajo del micro. La particularidad de este micro era que a diferencia de los otros, no tenía asientos en la parte de abajo... y por eso la señora no quería tomar esa flota (como le dicen acá). Ese detalle no influyó mucho en mi decisión de tomar el micro...

Salí a la plataforma y el micro ya se estaba preparando para salir. Con mucho apuro subimos las cosas al vehículo mientras seguía maniobrando para salir. Debía subirme al micro, pero antes de eso tenía que buscar el termo que lo había dejado en un negocio de la terminal para que le carguen agua. Salí corriendo mientras los del micro me decían "te quedas, eh!". Volví y tuve que detener el micro para subir. Busqué algún lugar medianamente seco en ese cubículo mientras los demás hacían lo mismo.

A la hora vino el guarda, con lo cual descubrí que quienes viajaban ahí conmigo no tenían pasaje, por lo cual el empleado les venía a cobrar. Le indiqué al hombre que yo sí tenía pasaje, por lo cual me dijo: "Ah, pero entonces tenés que viajar arriba, sentado", contradiciendo todo lo que me habían dicho los empleados de la terminal. Sin chistar lo dejé que haga su trabajo. Al parecer no se dió cuenta, o no le dió importancia que el pasaje tuviera otro nombre y fuera para otro horario. Cuando volvió me dijo que tenía un lugar. Los muchachos me decían "Ah, como te salvaste de esta cárcel, eh!" (así era como lo denominaban). Entre risas me fuí a un lugar que no era necesariamente mejor, como lo pude comprobar.

Me tocó el asiento que está al medio, al fondo. Para llegar tuve que saltar a 4 personas que viajaban acostadas en el pasillo. Luego, de los aproximadamente 20 niños que había en ese micro, el único que lloraba, y fuerte, era el que estaba a mi izquierda. Del lado derecho estaba sentado un señor que me empujaba para hacerle lugar a una niña que viajaba con él y su pareja. Las piernas no las podía estirar por la gente que viajaba en el pasillo, y el asiento no se reclinaba. El viaje duraba toda la noche y sólo puede dormir de a ratos. La gorra me la olvidé en ese micro. Copado.

Cuando llegué a Oruro, esperé a que la ciudad despertara, ya que habíamos llegado temprano. Me bajé del micro para ir a buscar la bici y las bolsas, y cuando el chofer me abre la baulera empiezo a bajar las cosas con cierta prisa, y el hombre, a diferencia de lo que había sido todo el viaje, me sorprende diciéndome "Eh, tranquilo, bajá despacio las cosas". Después de desayunar ahí en la terminal, cuando volví a la plataforma, el micro todavía estaba ahí estacionado, y entonces comprendí porqué el chofer me había interpelado de esa forma.

Seguí comiendo unas galletitas en la plaza de Oruro mientras leia el diario y tomaba algo de sol. Cuando ya hubo bastante movimiento en la calle, me fuí a buscar un alojamiento. Dormí todo el mediodía y parte de la tarde, estuvo muy bueno.

En Oruro estuve paseando por la ciudad. Como era fin de semana, muchos de los grupos de "Morenada" estaban ensayando en la calle, así que disfruté del espectáculo que brindaban. Caminando por el centro, conocí a otros artesanos. Había una pareja que era de San Miguel, que habían vendido todo y se habían comprado una Traffic y habían salido de viaje hace unos 6 meses. Mediante ellos conocí a un artesano de La Plata. Nos quedamos hablando y esa noche salimos a conocer la movida nocturna de Oruro. Junto con el chico de La Plata, la chica de la casa donde estaba alojado y un par más de chicos de esa ciudad, surgió la idea de ir a pasar un día a los cerros, así que me prendí. Estuvo bueno. Teníamos una vista impresionante de un lago que había ahí cerca. Estuvimos cocinando con leña, tomamos sol, mate... descansamos más que nada. A la vuelta de ese viaje nos alojamos en la casa de la mujer, donde anteriormente había estado alojado el artesano de La Plata. La casa era también una panadería, así que estuvimos probando alguna de las delicias que ahí se preparaban.

Quedamos en encontrarnos con los chicos en Coroico para recibir el nuevo año, y partí hacia La Paz a pasar Navidad. En La Paz me alojé en "El Carretero". Es un hostel bastante conocido entre los viajeros y se distingue por la buena onda que hay en el lugar. Al hostel llegué a la noche y no bien llegué había algunos haciendo música en el patio, y en la cocina había comida que sobraba que era convidada a quien pasara por el lugar. Hice la cena mientras hablaba con los chicos que estaban terminando de comer.

Todos, pero absolutamente todos los días que estuve en La Paz, llovió. Eso hizo que me quedara bastante en el alojamiento. Estaba bueno porque leí y hablé bastante con la gente que está alojada ahí... mate de por medio, claro.

Para Noche Buena hicimos una comida colectiva. Una española se propuso para cocinar un guiso de lentejas, y con un par de chicos nos propusimos para hacer unos choris con salsa criolla y todo. En realidad, me había propuesto yo como parrillero, y eso fue lo que activó la movida de los choris. Esa noche llegué tarde, y todos se acrdaron de mí cuando vieron que la noche caía y los choris no estaban, así que un cordobés me reemplazó. Yo me dediqué a hacer la salsa criolla. Una italiana había hecho un postre, así que no nos podíamos quejar, había de todo. Esa noche éramos como unos 40 o más capaz. Estuvimos un rato en el alojamiento y después salimos a bailar. Volvimos como a las 7, como es costumbre en "El Carretero".

El 23, como era jueves, también aproveché a ir a la feria del alto, que está los jueves y los domingos. Era efectivamente como me habían contado. Ahí venden de todo, muy barato. Me compré unas remeras y un pantalón a 1 y 2 bolivianos, muy bueno.

Ya estuvimos planificando pasar año nuevo con los chicos del hostel en Coroico. Así fué entonces que hoy partió un grupo como de 10 para allí. Pensaban llegar mañana, ya que iban caminando. Yo estoy partiendo recién mañana por la mañana con la bici hacia allí, así que seguramente me los encontraré en el camino.

Acá no deja de llover, pero Coroico queda más abajo y parece que ahí hace más calor, así que voy a ver que onda.

Estuve subiendo algunas fotos, todavía me falta para estar al día con ellas pero ya lo lograré.

Les mando un abrazo!

viernes, 11 de diciembre de 2009

De Uyuni a Potosí, Bolivia

Luego de terminar de desayunar, me dirigí hacia la caverna para terminar de preparar las cosas. Ese día, justo ese día, no sé bien por qué, el viento, que siempre había soplado de oeste a este, lo estaba haciendo en sentido contrario. O sea, lo tenía en contra... algo con lo cual no contaba luego de haber pedaleado en sentido contrario con el viento en contra. Por suerte, hacia el mediodía, el viento ya estaba de mi lado y soplaba justamente hacia adonde me dirigía.

Almorcé en el hotel de sal. El hotel estaba cerrado debido a las elecciones que se estaban llevando a cabo ese domingo. Cuando había terminado de comer ví, que se acercaban un par de bicicletas. Cuando observo un poco mejor qué era lo que se estaba acercando, me doy cuenta que era un grupo de 6 alemanes que venían en 3 bicis tándem. Una de las bicicletas era de las normales, las otras dos, eran unas bicicletas que tenían un sistema raro: el que iba pedaleando adelante, lo hacía sentado, casi reclinado, y quien iba pedaleando detrás, iba en la posición normal de pedaleo. Luego me explicaron que eso facilitaba la comunicación entre los coclistas, dado que quien iba detrás, tenía la cabeza de quien iba adelante, justo abajo de la suya. Se quedaron un rato charlando y me brindaron información sobre la ruta que podía llegar a tomar rumbo norte. Cuando se fueron, seguí camino hacia Uyuni.

En Uyuni me quedé 1 día para descansar. Recorrí el mercado del lugar, probé las comidas del lugar y limpié la bici.

Preparado con todo lo necesario, partí luego del día de descanso hacia Potosí. Pensé que el camino iba a ser bastante complicado, pero que al cabo de 3 o 4 días iba a poder llegar: los primeros 12 km me hicieron desistir de cualquier intento de llegar a Potosí en bicicleta. El motivo de ello fué que llevaba demasiado peso. Si bien las subidas no eran sencillas, dada la cantidad de equipaje, lo que más me impedía avanzar era la pérdida de equilibrio producto de la gran cantidad de peso que llevaba atrás. Desde ya que el ripio hacía su parte.

Opté por llegar a Potosí ese día, pero en bus, así que tomé un micrito en el siguiente pueblito. Luego de probar algunas de las opciones culinarias callejeras de la ciudad, busqué un hostel y me retiré a descansar.

Al día siguiente no hice más que dar un paseo a la tarde por el centro de la ciudad. Allí encontré a un par de artesanos que había cruzado en Tilcara y en La Quiaca. Nos quedamos charlando y conocí a otra pareja de artesanos que habían viajado en bicicleta un buen trecho de su viaje. Me contaron que se estaban dirigiendo hacia el sur y que habían vendido las bicis una vez que llegaron a La Paz. Ese día también ví que daban una película que se llama "El regalo de la Pachamama". Cuando se hizo la hora fuí hacia el cine. La película contaba la vida de una familia que vivía en el salar de Uyuni, y que hacía lo que ellos denominaban "caravanas". Estas caravanas eran viajes que los habitantes realizaban con llamas cargadas de bloques de sal. Duraban meses y el objetivo era llevarles la sal a los pueblos más lejanos y realizar un trueque. Estuvo muy buena porque me hizo recordar los días que anduve por el salar.

El día siguiente estuve descansando también. Salí a caminar por la ciudad a la tarde, a hablar con algunos artesanos y personajes del lugar, y me anoté en el tour de las minas del día siguiente.

Hoy entonces, por la mañana, estuve recorriendo las minas. Fue algo muy divertido. Nos disfrazamos de mineros chetos, ya que luego descubrí que los verdaderos mineros no usan pantalones y camperas amarillas, sino que usan cualquier ropa. En la mina, nos contaba el guía, nos debíamos hacer a un lado no bien escuchemos un carrito acercarse. El motivo de ello, es que la mina que visitamos está en plena actividad y por ello debíamos tener cuidado. Anduvimos parados en algunos tramos, agachados, super agachados, arrastrándonos, y trepando escaleras y túneles por otros tramos. Hablamos con varios mineros y cuando les decía que era argentino, me decían "entonces vení a ayudarnos a empujar este vagón". Unos capos. Luego del tour volvimos a la agencia.

La idea es quedarme en Potosí un tiempo más mientras veo qué cosas saco del equipaje. Desde aquí definitivamente continúo en bici. Hoy fui a una "casa de ciclista" y luego de ver todas las personas que pasaron por Bolivia en bici, no es posible que no lo pueda hacer, así que en breve andaré por los ripios bolivianos.

Eso creo que es todo por el momento. Estuve subiendo un par de fotos más, así que dense una vuelta.

Muchas gracias por los mails y los mensajes!
Un abrazo!